domingo, 18 de enero de 2015

" El experimento del doctor Heidegger " de Nathaniel Hawhorne

" El experimento del doctor Heidegger " de Nathaniel Hawhorne

El siguiente cuento nos narra la realización de un experimento utilizando el agua que brota de la fuente de la juventud. Al leer ,notamos como los personajes se sienten bien ante los cambios físicos que les ocurren. El espejo sigue siendo factor importante en la literatura , al igual que en este cuento. El doctor Heidegger , puede verse como una entidad superior , la cual busca ver el comportamiento de sus "conejillos de indias" .



El experimento del doctor Heidegger
 

Aquel hombre singular que se llamó el doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a cuatro antiguos amigos suyos. Tres de ellos eran ancianos de cabellos y barbas grises: Mr. Medbourne, el coronel Killigrew y Mr. Gascoigne; la otra persona era una mujer mustia y consumida, que se llamaba la viuda Wycherly. Todos ellos eran personas de edad avanzada que habían sufrido grandes infortunios en sus vidas y cuya desgracia mayor era la de no encontrarse ya en la tumba. Mr. Medbourne había sido en sus años de fortaleza un comerciante rico y próspero, pero había perdido todo por una fracasada especulación y ahora se encontraba más o menos en la situación de un hombre pobre y solemne. El coronel Killigrew había dilapidado sus mejores años, su salud y su vida, persiguiendo placeres sensuales, que le habían dado como remuneración tardía una gota pertinaz y tormentos incontables en cuerpo y espíritu. Mr. Gascoigne era un político fracasado y un hombre con mala fama que había conservado su equívoca reputación hasta que el tiempo borró su nombre de la mente de la generación actual, convirtiéndolo en un ser oscuro en lugar de difamado. Por lo que a la viuda Wycherly se refiere, la tradición nos dice que había sido una gran belleza en su juventud, pero que durante mucho tiempo había tenido que vivir en un alejamiento absoluto como resultado de ciertas historias escandalosas que habían prejuiciado en contra de ella a toda la gente de la ciudad. Una circunstancia también digna de mencionarse es la de que cada uno de estos ancianos, Mr. Medbourne, el coronel Killigrew y Mr. Gascoigne, habían sido pretendientes de la viuda Wycherly y que cada uno había estado a punto de degollar a los demás por causa de ella. Antes de seguir adelante sólo quiero indicar que tanto el doctor Heidegger como sus cuatro invitados, tenían la reputación de no estar muy bien en sus cabales, como suele acontecer a gentes de alguna edad, a quienes atormentan preocupaciones o recuerdos dolorosos.

—Queridos y viejos amigos —dijo el doctor Heidegger, indicando que tomaran asiento. —Tengo el deseo de que asistan a uno de esos pequeños experimentos que acostumbro realizar en mi estudio.

Si es verdad lo que la gente dice, el estudio del doctor Heidegger era un lugar muy extraño. Era un aposento oscuro y amueblado a la usanza antigua, adornado con telas de araña y con todos los objetos cubiertos de polvo. Adosados a las paredes se veían libreros de nogal, en cuyas baldas inferiores se alineaban innumerables infolios, mientras que las superiores se hallaban reservadas para pequeños volúmenes, encuadernados en pergamino. Sobre el librero del centro había un busto de Hipócrates, con el cual, según se dice, el doctor Heidegger celebraba consulta en los casos difíciles de su práctica médica. En el rincón más oscuro de la estancia había un armario alto y estrecho de nogal, con la puerta entreabierta, dentro del cual podía verse la silueta inquietante de un esqueleto. Entre dos de los muebles colgaba un espejo, que mostraba su luna polvorienta en un marco antiguo de oro deslustrado. Entre las muchas historias que se contaban de este espejo, figura la de que dentro de su marco habitaban los espíritus de todos los pacientes del doctor que habían muerto y que lo miraban frente a frente cada vez que dirigía su mirada hacia él. En el lado opuesto de la habitación se veía el retrato de tamaño natural de una joven, vestida magníficamente con seda, satén y brocados y con un rostro tan lánguido como sus propios vestidos. Hacía medio siglo aproximadamente que el doctor Heidegger había estado a punto de casarse con esta joven, pero al sentirse un poco indispuesta tomó una de las prescripciones de su prometido y murió la noche anterior a la ceremonia. Queda aún por mencionar la gran curiosidad del estudio: un enorme infolio encuadernado con cuero negro y con grandes cerraduras de plata maciza. El volumen no tenía ninguna inscripción en el lomo y nadie podía saber, por tanto, el título del libro. Sin embargo, todos sabían que se trataba de un volumen de magia, y que una vez una doncella se atrevió a sacar el volumen de su sitio con la intención de quitarle el polvo: el esqueleto se agitó en el armario, el retrato de la prometida del doctor Heidegger se elevó a la altura de un pie del piso y varios rostros se asomaron en el espejo, mientras que la cabeza broncínea de Hipócrates arrugaba el ceño y decía:  “¡Prohibido!”

Así era el estudio del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestra historia, una pequeña mesa redonda, tan negra como el ébano, se hallaba en el centro de la estancia, sobre ella había una vajilla de cristal de forma exquisita y magnífica talla. La luz del sol se proyectaba por la ventana, a través de dos pesados cortinajes de damasco y caía directamente sobre la mesa y la vajilla, devolviendo una especie de tenue resplandor sobre los rostros cenicientos de los cinco ancianos reunidos en torno a la mesa, en donde se hallaban también cuatro copas de champaña.

—Queridos y viejos amigos míos —repitió el doctor Heidegger. —¿Puedo contar con su presencia para realizar un experimento singularmente extraordinario?

Por otra parte, el doctor Heidegger era un hombre, casi un anciano, en extremo raro, cuyas excentricidades se habían convertido en el núcleo de mil cuentos fantásticos; algunas de estas historias, para ser sinceros, tienen que ser atribuidas a mi modesta persona, y si algunas partes de ésta someten a una prueba excesivamente difícil la credulidad del lector, caiga sobre mí el estigma de la irrealidad y de la invención.

Cuando los invitados del doctor oyeron las palabras de éste sobre el proyectado experimento, no pensaron sino en la asistencia al asesinato de un pobre ratón bajo la cámara de la máquina pneumática, el examen al microscopio de una tela de araña o algún otro de los experimentos con que el doctor Heidegger acostumbraba importunar a sus invitados. Sin esperar la respuesta, atravesó a pasos irregulares la estancia y volvió con el libro encuadernado en cuero negro, del que se decía que era un tratado de magia. Hizo girar las cerraduras de plata y abrió el volumen, del que extrajo una rosa cuyas hojas verdes y pétalos encendidos habían adquirido un tono tan marchito y pardo que hubiera podido creerse que iba a quedar reducida a polvo cuando la tocara el doctor Heidegger.

—Esta rosa —dijo—, esta misma rosa marchita y a punto de deshacerse, brilló y floreció hace ahora cincuenta y cinco años. Sylvia Ward, cuyo retrato pueden ustedes mirar ahí, me la dio y yo tenía la intención de llevarla en mi solapa el día de nuestra boda. Durante cincuenta y cinco años ha estado guardada entre las hojas de este viejo volumen. ¿Les parece a ustedes posible que esta rosa de más de medio siglo de edad pueda florecer nuevamente?

—¡Imposible! —dijo la viuda Wycherly, sacudiendo la cabeza con impaciencia. —Con el mismo fundamento puede usted preguntarnos si puede florecer de nuevo el rostro arrugado y marchito de una mujer.

—¡Miren entonces! —dijo el doctor Heidegger en respuesta.

Destapó una vasija que estaba sobre la mesa y depositó la rosa sobre el agua que aquélla contenía. Al principio la flor quedó flotando sobre la superficie sin que al parecer absorbiera nada de su humedad. Pronto, sin embargo, los cinco ancianos pudieron percibir un cambio extraordinario. Los pétalos secos y contraídos se pusieron tensos y brillantes, recuperaron un tinte rojo intenso; el tallo adquirió una vez más su jugosidad primitiva, las hojas se volvieron verdes, y al poco tiempo la rosa de hacía más de medio siglo se encontraba tan fresca y fragante como en el momento en que Sylvia Ward se la regaló a su prometido. Casi totalmente abierta, algunas hojas se rizaban todavía sobre sí mismas, mientras la corola retenía unas gotas brillantes del líquido misterioso.

—¡He aquí algo verdaderamente extraordinario! —dijeron los amigos del doctor, aunque no demasiado sorprendidos, pues ya habían sido testigos otras veces de maravillas aun mayores realizadas por él.

—¿Puede decirnos cómo ha logrado esto? —dijeron.

—¿No han oído ustedes hablar —dijo el doctor Heidegger— de la Fuente de la Juventud, que hace dos o tres siglos fue a buscar Ponce de León, un aventurero español?

—¿Llegó a encontrarla efectivamente? —preguntó la viuda Wycherly.

—No —respondió el doctor Heidegger—, porque Ponce de León no la buscaba en su verdadero lugar; la famosa Fuente de la Juventud se encuentra, si mis informes no me engañan, en la parte meridional de la península de Florida, no lejos del lago Macaco. La fuente de donde mana el agua está a la sombra de unas gigantescas magnolias, que aunque viven desde hace ya innumerables años se mantienen tan frescas como si las acabaran de plantar, gracias a las virtudes de esta agua maravillosa. Un amigo mío, que conoce mi afición por estas cosas, me ha enviado la poción que ven ustedes en esta vasija.

—Está bien, está bien —dijo el coronel Killigrew, que no creía ni una palabra de la historia del doctor.

—¿Cuál es el efecto de este líquido en el organismo humano?

—Ustedes mismos serán jueces de esto, querido coronel —replicó el doctor Heidegger—, pues cada uno se encuentra invitado a tomar aquella parte de líquido que le haga falta para devolver a sus venas el fuego de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos dolores a medida que iba avanzando en el camino de la vida, que no tengo el menor deseo de volver una vez más a la juventud. Con el permiso de ustedes, me concretaré, por eso, a seguir como espectador el curso del experimento.

Mientras hablaba, el doctor Heidegger había llenado las cuatro copas de champaña con el agua de la Fuente de la Juventud. Este líquido poseía, al parecer, cierta efervescencia, pues desde el fondo de cada una de las copas ascendían sin cesar burbujas que estallaban en la superficie como gotas de plata. Como el líquido exhalaba un aroma agradable, los cuatro invitados no dudaron que poseyera cualidades reconfortantes. Aun cuando estaban escépticos en lo que a sus virtudes rejuvenecedoras se refería, todos se mostraron dispuestos a apurar su copa. El doctor Heidegger, sin embargo, les suplicó que se detuvieran sólo un momento.

—Antes de que beban de esta agua maravillosa, mis queridos amigos —dijo—, sería conveniente que extrajeran de su experiencia aquellas reglas de conducta que deberán guiarlos a través de los peligros de la juventud con los que se van a enfrentar por segunda vez. Piensen en la vergüenza que sería si con la vida que tienen todos ustedes detrás vivieran, sin embargo, una segunda juventud sin convertirse entonces en maestros de virtud y sabiduría para todos los de su misma edad.

Los cuatro respetables amigos del doctor no respondieron más que con una sonrisa débil y trémula; tan absurda les parecía la idea de que aun sabiendo hasta qué punto el arrepentimiento castiga los errores, pudieran ellos otra vez dejarse arrastrar por faltas iguales a las de antes.

—¡Beban ustedes, pues! —dijo el doctor haciendo una pequeña reverencia. —Me alegro de haber escogido tan bien a los sujetos de mi experimento.

Con manos trémulas los cuatro acercaron sus copas a sus labios. Si, efectivamente, poseía las virtudes que el doctor Heidegger le atribuía, a nadie podía haber sido concedido este líquido que más lo necesitara, que a estos cuatro seres humanos. Todos ellos tenían el aspecto de no haber sabido nunca lo que significa ventura y juventud y de haber sido siempre estas mismas criaturas grises, decrépitas y miserables que se inclinaban ahora en torno a la mesa, sin vida bastante ni en sus cuerpos ni en sus almas para sentirse animadas siquiera ante la perspectiva de volver nuevamente a la juventud. Los cuatro bebieron el agua y depositaron después las copas sobre la mesa.

Casi en el mismo momento tuvo lugar un cambio en el aspecto de los invitados, semejante al que pudiera haberles producido una copa de vino generoso, unido al resplandor repentino del sol sobre sus fisonomías. En lugar del tono ceniciento que había dado hasta ahora a su rostro un aspecto cadavérico, sus mejillas comenzaron a colorearse súbitamente. Los cuatro comenzaron a mirarse unos a otros, pensando que, en efecto, algún poder mágico empezaba a borrar los trazos profundos y tristes que el Padre Tiempo había grabado durante tantos años en sus facciones. La viuda Wycherly se ajustó la cofia y comenzó a sentirse de nuevo algo semejante a una mujer.

—¡Dénos más de esta agua maravillosa —gritaron ansiosamente. —Somos más jóvenes, pero todavía somos demasiado viejos. ¡De prisa! ¡Dénos usted más!

—Paciencia, paciencia —dijo el doctor Heidegger, que observaba el experimento con la frialdad de un filósofo. —Durante decenios enteros han estado ustedes envejeciendo. Debería bastarles, pues, con convertirse en algo más jóvenes en media hora... No obstante, el agua está a su disposición.

Al decir esto, el doctor Heidegger llenó de nuevo las copas con el líquido de la juventud, del que había aún en la vasija una cantidad suficiente como para volver a todos los ancianos de la ciudad tan jóvenes como sus nietos. Mientras estaban las burbujas ascendiendo a la superficie, los cuatro invitados del doctor tomaron sus copas de la mesa y bebieron el líquido de un trago. ¿Era ilusión? Mientras el filtro encantado estaba aún pasando por sus gargantas, cada uno de ellos experimentó un cambio total en su organismo. Sus ojos se hicieron claros y brillantes, una sombra oscura comenzó a dibujarse entre la plata de sus cabellos y los que ahora rodeaban la mesa eran tres caballeros de mediana edad y una señora que parecía estar en las fronteras de la primera y la segunda juventud.

—Mi querida Mrs. Wycherly, es usted encantadora —dijo el coronel Killigrew, cuyos ojos habían estado fijos en el rostro de la viuda, mientras las sombras de la edad desaparecían de él como la oscuridad retrocede ante los primeros resplandores del alba.

La viuda sabía que los cumplidos del coronel Killigrew no se movían estrictamente dentro de los límites de la verdad, así que se levantó y corrió al espejo, con el temor de que volviera a salir a su encuentro la faz arrugada y contrahecha de una anciana. Mientras tanto, los tres caballeros se comportaban de una manera que hacía pensar que el agua de la juventud poseía también ciertas cualidades tonificantes; a no ser que el ardor exuberante de sus ánimos fuera un vértigo momentáneo, producido por la repentina desaparición del peso de los años. La mente de Mr. Gascoigne parecía dirigirse al terreno de la política, aunque era imposible decir si del pasado, presente o futuro, pues las mismas ideas y frases que pronunciaba habían estado en circulación durante los últimos cincuenta años. Unas veces profería atropelladamente párrafos altisonantes sobre patriotismo, gloria nacional y derechos del pueblo, otras sobre alguna materia peligrosa, perdiéndose en un susurro tan leve, que ni su propia conciencia podía percatarse del secreto; otras, en fin, hablaba en un tono tan discreto y con acentos tan respetuosos como si el oído de un rey escuchara sus redondeados períodos. Durante este tiempo, el coronel Killigrew había canturreado una canción alegre, haciendo sonar su copa al compás de la canción, mientras sus ojos miraban sin cesar las formas seductoras de la viuda Wycherly. Al otro lado de la mesa, Mr. Medbourne estaba sumido en el cálculo de una operación de dólares y centavos, en el que se mezclaba extrañamente un proyecto de proveer de hielo a las Indias Orientales, para lo que se valdría de algunas ballenas que arrastrarían icebergs de los mares polares.

Por su parte, la viuda Wycherly se encontraba delante del espejo, admirando y sonriendo a su propia imagen, a la que saludaba como si fuera el amigo más querido del mundo; acercó su rostro al espejo después, para ver si, efectivamente, se habían desvanecido las arrugas que durante tanto tiempo habían estigmatizado su fisonomía. Examinó si la nieve había desaparecido a tal extremo de sus cabellos que de nuevo pudiera quitarse la cofia que cubría su cabeza. Finalmente, se apartó con brusquedad del espejo y se dirigió a la mesa con una especie de paso de baile.

—Mi buen doctor, tenga la bondad de darme otra copa.

—Sin duda, señora, sin duda —dijo complaciente el doctor. —Mire usted: ya están llenas nuevamente las copas.

En efecto, estaban las cuatro copas rebosantes del agua maravillosa, cuya efervescencia al quebrarse en la superficie semejaba el brillo oscilante de perlas líquidas. La caída de la tarde se había acentuado tanto, que las sombras invadían el recinto más que nunca; no obstante, una luz dulce y lunar surgía de dentro de la vasija que contenía el agua de la juventud y se fijaba su resplandor en los cuatro invitados y en la venerable figura del doctor Heidegger, que estaba en un sillón de roble de alto respaldo y cuidada talla, manteniendo su severa dignidad, que hubiera podido corresponder perfectamente a la de aquel Padre Tiempo, cuyo poder no había sido disputado nunca hasta aquella tarde. Mientras éstos bebían por tercera vez del agua de la juventud hubo un momento en que la expresión del doctor tenía un velo de temor sobre su ánimo. Pero al momento siguiente un torrente de nueva vida se precipitó en sus venas. Los cuatro tenían la edad deliciosa de la primera juventud. Los años y la vejez, con toda su triste secuela de cuidados, desengaño y preocupaciones, eran recordados sólo como una pesadilla de la que felizmente habían despertado. El brillo del alma, tan tempranamente perdido, sin el cual las escenas sucesivas del mundo no habían sido más que una galería de cuadros deslustrados, tendía de nuevo su encanto sobre todos sus proyectos: se sentían como seres recientemente creados en un universo también acabado de crear.

—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! —gritaron todos en coro, llenos de alegría.

La juventud, al igual que la vejez, había borrado las características marcadas por los años de madurez y las había asimilado todas. Lo que aquí había era un grupo de jóvenes entusiastas y extasiados por la alegría irrefrenable de sus pocos años. El efecto más singular de su alegría consistía en mofarse de los achaques y de la decrepitud de que hasta hacía muy poco tiempo ellos mismos habían sido víctimas. Se reían a carcajadas de sus anticuados atavíos, de sus sacos viejos y de sus amplios chalecos, así como de la cofia y del vestido pasado de moda de la que ahora era una joven en plenitud de belleza. Uno de ellos cruzaba renqueando la habitación, buscando imitar a un anciano atormentado por la gota, mientras que otro se ponía unos quevedos igual que un viejo disponiéndose a leer, y un tercero se sentó incluso en un sillón imitando la actitud venerable del doctor Heidegger. Después todos gritaban alegremente, brincando por todo el recinto. La viuda Wycherly —si es que a una joven tan bella podía llamársele viuda— se dirigió con un paso de baile al sillón del doctor Heidegger, con una expresión de malicia en su rostro sonrosado:

—Mi querido y pobre doctor —dijo—, levántese usted y baile conmigo. —A estas palabras los otros tres rieron a carcajadas, pensando en la triste figura que tendría el viejo doctor si se dispusiera a bailar.

—Perdóneme —respondió el doctor Heidegger tranquilamente. —Soy un viejo, y reumático por añadidura; los días en que podía bailar han pasado desde hace mucho para mí. Pero alguno de estos jóvenes que gentilmente nos acompañan es seguro que se sentirían halagados de bailar con una pareja tan hermosa...

—¡Baile conmigo, Clara! —gritó el coronel Killigrew.

—¡No! ¡Yo seré su pareja! —exclamó Mr. Gascoigne.

—Clara me prometió su mano hace cincuenta años —repuso a su vez Mr. Medbourne.

Todos comenzaron a rodearla: uno le tomó las manos y las estrechó, apasionadamente; otro la abrazaba por la cintura, mientras otro hundía su mano entre los brillantes rizos que asomaban por debajo de la cofia. Enrojecía, jadeante, luchaba, increpaba, riendo, rozando con su aliento cálido unas veces a uno, otras veces a otro de los rostros que la rodeaban; ella luchaba por desasirse, sin conseguirlo por completo. Nunca hubo cuadro más delicioso de jovialidad juvenil, con una seductora beldad como premio. Debido a la creciente oscuridad de la estancia y a los anticuados trajes que llevaban, proyectaban una imagen distinta. Se ha dicho que el espejo reflejaba sólo las figuras de tres viejos, mustios y decrépitos, contendiendo ridículamente entre sí por una vieja, fea y huesuda dama.

Pero todos eran jóvenes y el ardor de la pasión lo probaba suficientemente. Inflamados hasta la locura por los encantos de la rejuvenecida, que ni rechazaba ni admitía a ninguno, los tres jóvenes rivales comenzaron a cruzar miradas amenazadoras. Sin abandonar su preciada presa, sus manos se dirigieron a la garganta de los otros. En el curso de la lucha que se desarrolló a continuación, los contendientes derribaron la mesa y la vasija se estrelló contra el piso en mil pedazos. El agua de la juventud se extendió en el suelo como un arroyo brillante, humedeciendo las alas de una mariposa que había cumplido su ciclo de vida y había muerto ahí; el insecto revoloteó un momento por la estancia y se posó en la cabeza nevada del doctor Heidegger.

—¡Calma, calma, señores! ¡Vamos, madame Wycherly! —gritó el doctor. —Ustedes comprenderán que debo protestar contra este alboroto.

Todos abandonaron el tumulto y se estremecieron. Parecía, en efecto, como si el tiempo gris les llamara otra vez desde su juventud al valle oscuro y frío de los años. Sus miradas se fijaron en el doctor Heidegger, que permanecía sentado, manteniendo entre los dedos la rosa de medio siglo que había salvado de entre los trozos de la vasija rota. A una señal de su mano, los tres contendientes tomaron asiento, en su mayoría gustosamente, pues el violento ejercicio los había fatigado, incluso siendo jóvenes como eran.

—¡Mí pobre rosa! —exclamó el doctor Heidegger mientras sostenía la flor en las sombras del crepúsculo. —Me parece que otra vez comienza a marchitarse.

Así era, en efecto. Ante la mirada de los invitados, la flor comenzó a arrugarse y a contraerse hasta quedar tan seca y frágil como cuando el doctor la extrajo por primera vez de entre las páginas del libro. Finalmente el doctor sacudió de sus hojas unas gotas de humedad que le habían quedado.

—También la amo así, igual que antes —dijo, acercándose la marchita rosa a los marchitos labios. Mientras hablaba, la mariposa también cayó de la cabeza blanca del doctor.

Los cuatro invitados se estremecieron de nuevo. Un frío extraño, que no sabían si era del cuerpo o del espíritu, se apoderaba gradualmente de ellos. Se miraban unos a otros y les pareció que cada momento que pasaba borraba un encanto de sus rostros y dejaba un surco más profundo donde antes no lo había. ¿Era una ilusión? ¿Habían sido concentrados en tan corto espacio de tiempo todos los cambios de una vida y de nuevo se sentaban cuatro ancianos en torno a su viejo amigo el doctor Heidegger?

—¿Estamos envejeciendo de nuevo? —exclamaban con angustia.

Así era, en efecto: el agua de la juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino, y el delirio que causaba se había desvanecido. ¡Sí! Otra vez eran viejos. Con un movimiento tembloroso, que aún indicaba que se trataba de una mujer, la viuda se cubrió el rostro con sus huesudas manos y deseó que la tapa del ataúd descendiera sobre ella, si no podía volver a ser hermosa.

—Sí, amigos míos, otra vez ustedes son viejos —dijo el doctor Heidegger—, y además el agua de la juventud se ha derramado totalmente. Por mi parte no lo lamento. Aunque la misma fuente manara al pie de mi puerta, no daría un paso para humedecer mis labios en su agua. ¡No! Aunque su delirio durara años en lugar de minutos. Esta es la lección que ustedes me han enseñado.

Sin embargo los amigos del doctor no habían aprendido esta lección. Inmediatamente decidieron emprender una peregrinación a Florida para beber ahí, mañana, tarde y noche, a grandes tragos, del líquido maravilloso de la Fuente de la Juventud. 


miércoles, 14 de enero de 2015

" Sennin" de Ryunosuke Akutagawa

" Sennin" de Ryunosuke Akutagawa

El siguiente cuento ( el cual se encuentre también en Antología de la literatura fantástica  ) nos narra como un hombre busca ser un sennin (un ermitaño sagrado que vive en el corazón de la montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de un extrema longevidad), pero para ello debe emplearse en alo que lo lleve a ser un sennin, por lo cual busca un trabajo. La siguiente aventura de este hombre espero les guste.



Sennin

Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de colocarse para cualquier trabajo, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin1. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel "colocaciones para cualquier trabajo" ? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.
Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
Esta frase hizo callar a su marido.
A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
-Sí, señora, con tal de serlo.
-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
-Ahora suelte la mano derecha.
Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
-Suelte también la mano izquierda.
-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.



martes, 13 de enero de 2015

"EL ÁRBOL DEL ORGULLO" Y "LA PAGODA DE BABEL" DE CHESTERTON


"EL ÁRBOL DEL ORGULLO" Y "LA PAGODA DE BABEL" DE CHESTERTON

En esta ocasión elegí dos minificciones de Chesterton, ambos relatos se encuentran en su libro de cuentos El hombre que sabia demasiado; el primer relato nos narra una leyenda sobre un árbol que en vez de dar hojas, da plumas; el segundo, nos narra como una torre la cual queria ser tan grande para llegar al cielo es derrumbada. Espero ls guste.

EL ÁRBOL DEL ORGULLO
Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin mareas, oirán una extraña leyenda sobre un santo de los siglos oscuros. Ahí, en el límite crepuscular del continente oscuro, perduran los siglos oscuros. Sólo una vez he visitado esa costa; y aunque está enfrente de la tranquila ciudad italiana donde he vivido muchos años, la insensatez y la transmigración de la leyenda casi no me asombraron, ante la selva en que retumbaban los leones y el oscuro desierto rojo. Dicen que el ermitaño Securis, viviendo entre árboles, llegó a quererlos como a amigos; pues, aunque eran grandes gigantes de muchos brazos, eran los seres más inocentes y mansos; no devoraban como devoran los leones; abrían los brazos a las aves. Rogó que los soltaran de tiempo en tiempo para que anduvieran como las otras criaturas. Los árboles caminaron con las plegarias de Securis, como antes con el canto de Orfeo. Los hombres del desierto se espantaban viendo a lo lejos el paseo del monje y de su arboleda, como un maestro y sus alumnos. Los árboles tenían esa libertad bajo una estricta disciplina; debían regresar cuando sonara la campana del ermitaño y no imitar de los animales sino el movimiento, no la voracidad ni la destrucción. Pero uno de los árboles oyó una voz que no era la del monje; en la verde penumbra calurosa de una tarde, algo se había posado y le hablaba, algo que tenía la forma de un pájaro y que otra vez, en otra soledad, tuvo la forma de una serpiente. La voz acabó por apagar el susurro de las hojas, y el árbol sintió un vasto deseo de apresar a los pájaros inocentes y de hacerlos pedazos. Al fin, el tentador lo cubrió con los pájaros del orgullo, con la pompa estelar de los pavos reales. El espíritu de la bestia venció al espíritu del árbol, y éste desgarró y consumió a los pájaros azules, y regresó después a la tranquila tribu de los árboles. Pero dicen que cuando vino la primavera todos los árboles dieron hojas, salvo este que dio plumas que eran estrelladas y azules. Y por esa monstruosa asimilación, el pecado se reveló.
De The Man Who Knew Too Much (1922), de G. K. CHESTERTON


LA PAGODA DE BABEL


Ese cuento del agujero en el suelo, que baja quién sabe hasta dónde, siempre me ha fascinado. Ahora es una leyenda musulmana; pero no me asombraría que fuera anterior a Mahoma. Trata del sultán Aladino; no el de la lámpara, por supuesto, pero también relacionado con genios o con gigantes. Dicen que ordenó a los gigantes que le erigieran una especie de pagoda, que subiera y subiera hasta sobrepasar las estrellas. Algo como la Torre de Babel. Pero los arquitectos de la Torre de Babel eran gente doméstica y modesta, como ratones, comparada con Aladino. Sólo querían una torre que llegara al cielo. Aladino quería una torre que rebasara el cielo, y se elevara encima y siguiera elevándose para siempre. Y Dios la fulminó, y la hundió en la tierra abriendo interminablemente un agujero, hasta que hizo un pozo sin fondo, como era la torre sin techo. Y por esa invertida torre de oscuridad, el alma de! soberbio Sultán se desmorona para siempre.
De The Man Who Knew Too Much (1922), de G. K. CHESTERTON





domingo, 11 de enero de 2015

"El ahogado mas hermoso del mundo" de Gabriel García Márquez

"El ahogado mas hermoso del mundo" de 
Gabriel García Márquez 

El realismo mágico creado por este colombiano se demuestra bien en el siguiente cuento. En un pueblo donde ocurre todo lo cotidiano, en un momento cualquiera llega el cuerpo de un gigante envuelto en algas. Poco a poco los pobladores van llegando al lugar y limpian el cuerpo; el ahogado era hermoso. Todos los empiezan a admirar, el pueblo cambia en su forma de pensar. Si quieren saber el desenlace de lo ocurrido, lean el cuento.

 El ahogado mas hermoso del mundo



Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         —Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         —¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

miércoles, 7 de enero de 2015

" La migala " de Juan José Arreola

" La migala " de Juan José Arreola

El cuento que continuación escogí, me agradó por la forma en que Arreola de nuevo animaliza a un personaje (en mi forma de ver). La migala es una tarántula. El relato se presta a representar varias situaciones: la metamorfosis de la mujer en la migala; el dolor del amor o un intento de suicidio.
Podemos mencionar que no existe una interpretación correcta, pero lo importante es el gusto y lo que el relato le enseñe al lector.

La migala

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. 

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres. 

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. 

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona. 

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles. 

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo. 

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.



martes, 6 de enero de 2015

" El hombre de Andrín " de Gonzalo Suárez.

 " El hombre de Andrín " de Gonzalo Suárez

El siguiente escritor es español. Escogí un cuento del libro Gorila de Hollywood . Gonzalo inició con algunos relatos y novelas; sin embargo, ahora se dedica al cine. El siguiente cuento es uno de los que más me han llamado la atención tanto por la prosa como por el efecto que causa el cuento en el lector. El tema del cuento es el eterno retorno. Espero les guste.

El hombre de Andrín

El sendero serpentea entre el mar y el valle. Más allá, las montañas. Playas y acantilados se suceden como lagartos dormidos y bostezos de arena. Hay un islote abrupto y ciento treinta gaviotas. Esto es Andrín. El pueblo queda abajo, y arriba se extiende una superficie pedregosa y plana. De allí salieron los aviones alemanes de la Legión Cóndor para bombardear Guernica. Allí suelen ir los turistas para admirar el hermoso panorama. Cerca hay un camping. Por lo demás, es un lugar solitario.

Al atardecer, las gaviotas buscan los recovecos del aire y se deslizan silenciosas. En la punta del sendero, que se interrumpe suspendido en las alturas, hay una garita de cemento. Cuando el viento sopla, resuena como una caracola. 

Una noche fui a Andrín a contar las estrellas. No soy romántico ni astrónomo. Tenía seis años y mi comadreja estaba enferma. Me dijeron que se curaría si yo conseguía contar hasta mil estrellas. Lo intenté. 
 Fue una broma cruel. Porque yo sólo sabía contar hasta cien.

Me desperté entumecido bajo la mirada de la Luna que se me antojó protectora y maternal. Eran otros tiempos. Todavía no se había convertido en un astro polvoriento. 
El aroma de los eucaliptos ambriagaba la noche y el ronquido del mar en las amígdalas de los acantilados horadaba el silencio. Un turbio aleteo de mariposa poblaba la oscuridad ante mis ojos, muy abiertos. Tenía frío . Contemplé con impotencia las estrellas- Se habían multiplicado: dos por dos, cuatro; tres por dos, seis; seis por cuatro de insondable resultado. Inicié el regreso, vencido por las matemáticas y la humedad. El mar proponía jugar el vértigo, el valle a las tinieblas. Y , entre uno y otro, avancé, alejándome de la garita de hormigón y su vigpia de viento. 

Pero, antes de llegar al desmantelado campo de aterrizaje, un gruñido feroz me hizo quedar clavado en tierra como trémulaescoba de espantapájaros. Ante mí, un perrazo tuerto hacía refulgir la dentadura con mayor intensidad que las estrellas. Y su único ojo, inmóvilen la órbita, tenía la fijeza homicida del negro orificio de un cañon de fusíl. Esbocé un paso atrás y el gruñido se acentuó, quedé con un pie en alto como las grullas y permanecí así, en precario equilibrio, tomando el pulso a las estrellas que golpeaban en mi corazón y reverberaban en los mil dientes de perro. Fue entonces, de pornto cuando aprendí a contar: un segundo se compone de cien horas y cada hora encierra una eternidad.
Exactamente el tiempo que tardaba un pie suspendido en el aire en descender hasta el suelo y un niño despavorido en ver más allá de la punta de su nariz.

Cuarenta años después volví a Andrín. Me acompañaba un perro negro y tuerto que me había encontrado en el camino. En plena noche se puso a gruñir. 
Recordé entonces al solitario niño que no sabía contar las estrellas y que permanecía inmovilizado por el terror. Supe que estaba allí. No quise que me viera. Me alejé adentrándome en la noche, y el viejo perro me siguió.


"Carta a una señorita de París" de Julio Cortázar

"Carta a una señorita de París" de Julio Cortázar

El siguiente relato es narrado por un hombre que manda una carta a su amiga, quien le prestó su departamento para vivir ;sin embargo, el hombre tiene un gran problema : vomita conejitos. 
Él mismo, en la carta menciona que esto le ocurre desde tiempo atrás, pero aumentó al llegar a la casa prestada. El cuento se torna gracioso pero de igual manera escabroso en algunas descripciones que el personaje menciona. Espero les guste. 

Carta a una señorita en París


Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.


viernes, 2 de enero de 2015

"Un incendio imperfecto" de Ambrose Bierce

"Un incendio imperfecto" Ambrose Bierce

El siguiente relato puede ser encontrado en la antología "El club de los parricidas" ó en "Cuentos negros Ambroce Bierce" editorial Alianza. El cuento inicia en extrema res ( ya sabemos el final) Una mañana temprano de junio de 1872 asesiné a mi padre, un acto que por entonces me afectó profundamente , por lo cual sólo leeremos la forma del asesinato.
Al relato no le sobran o faltan palabras; en mi opinión , cumple para ser considerado un "relato perfecto".
En final es lo que le da el nombre al cuento; sólo eso puedo decir. Espero lo disfruten.

"Un incendio imperfecto" 

Una mañana temprana de junio de 1872 asesiné a mi padre,un acto que por entonces me afectó profundamente. Esto sucedió antes de mi matrimonio, cuando aún vivía con mis padres en Wisconsin. Mi padre y yo nos encontrábamos en la biblioteca de la casa, repartiendo el botín de un robo que habíamos cometido esa misma noche. El botín consistía , en su mayor parte , en enseres domésticos, con lo cual una división equitativa no era fácil. Estuvimos de acuerdo en cuanto a las servilletas, toallas y cosas similares, y la cubertería de plata fue repartida también sin mayor problema, pero, como se puede imaginar , cuando se trata de dividir una única caja de música en dos, sin que sobre nada, surgieron las primeras dificultades. Fue aquella caja de música la que trajo el desastre e infortunio a nuestra familia. Si la hubiésemos dejado estar, mi padre seguramente estaría vivo todavía.
Se trata de una preciosa y exquisita obra de artesanía -adornada con maderas nobles y curiosamente talladas- . No sólo emitía gran variedad de melodías , sino que además silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como un gallo todas las mañanas, incluso sin darle cuerda, y recitaba los diez mandamientos. Fue este último portento lo que cautivó el corazón de mi padre y lo impulsó a cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque probablemente hubiese cometido otros si yo le hubiera pasado ése ´pr alto; trató de ocultarme la caja de música, aunque yo sabía perfectamente que , por lo que al él respecta , el robo había sido planeado sobre todo con objeto de coseguirla.
Mi padre tenía la caja de música escondida bajo su capa; habíamos utilizado esa prenda a modo de disfraz. Me había jurado solemnemente que no la había cogido. Yo sabía que sí, y sabía también algo que él , obviamente , desconocía : estp es, que la caja cantaría con la luz del alba y desvelaría la verdad si yo consegupia prolongar el reparto del botín hasta esa hora. Todo ocurrió tal cual yo lo había planeado : cuando la lámpara de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas comenzó a dibujarse tras las cortinas , un largo quiquiriquí surgió de debajo de la capa del caballero, seguido de algunos compases de aria de Tannhauser, y terminando con un sonoro clic. Sobre la mesa de la biblioteca había una pequeña hacha que solíamos utilizar para colarnos en la vivienda elegída; yo la cogí. El pobre anciano, dándose cuenta de que ya de nada le servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de su capa y la depositó sobre la mesa.
- Pártela en dos si así lo prefieres- me dijo - . Yo sólo intentaba salvarla de la destrucción. Mi padre era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con gran sentimiento y expresividad.
Le dije:
- No pondré en duda la pureza de sus motivos; estaría muy mal por mi parte querer juzgar los motivos de mi padre. Perolo los negocios son los negocios, y voy a poner fin con esta hacha a nuestra colaboración en el futuro, a menos que usted acceda a llevar colgando un cascabel en todos los robos que realicemos a partir de ahora.
-No- dijo, después de reflexionar unos instantes -, me sería imposible hacer eso}, sería como admitir mi falta de honradez. La gente diría que desconfías de mí.
No pude menos que admirar su sensibilidad y sentido ético; por un momento me sentí orgullozo de él y estuve tentado a pasar por alto su falta, pero un vistazo a la preciosa caja de música decidió y , como ya he explicado , ayudé al anciano a abandonar este valle de lágrimas. Una vez que acabé con él, me sentí una pizca inquieto. No sólo era mipadre - el que me habiía dado la vida- , sino que su cuerpo sería sin duda encontrado. Era ya pleno día y mi madre podía entrar en la biblioteca en cualquier momento. En estas circunstancias pensé que lo que procedía era acabar también con ella, cosa que hice. Pagué desúés a todos los sirvientes sus salarios y los despedí.
Esa misma tarde fui a ver al jefe de la policía , le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Hubiera sido doloroso que los acontecimientos saliesen a la luz pública. Mi conducata habría sido censurada por todos y los periódicos la habrían usado en mi contra si en alguna ocasión me hubiese presentado a algún cargo público.  El jefe entendió el peso de mis argumentos, ya que él mismo era también un asesino de larga trayectoria. Tras consultar con el juez que presedía el Tribunal de Jurisdicción Variable, me aconsejó esconder los cadáveres en una de las estanterías de la biblioteca, contratar un buen seguro de hogar y luego dar fuego a la casa. Me puse en ello de inmediato.

En la biblioteca había una estantería que mi padre lo había comprado recientemente a un inventor chiflado y que todavía permanecía vacía. El mueble tenía el tamaño y la forma de uno de esos antiguos roperos que se ponían en los dormitorios cuando aún no había armarios , pero abría todo lo largo como in camisón de señora. Sus puertas eran de cristal. Había amortajado ya a mis padres y estaban lo suficientemente rígidos como para mantenerse en pie, de modos que los metí en la estantería, de la que había sacado las baldas. Cerré la puerta con llave y colgué unas cortinillas sobre las puertas de cristal. El tasador de la compañía de seguros pasó media docena de veces por delante de la estantería sin la más mínima sospecha.
Esa misma noche, después de contratar la póliza, prendí fuego a la casa y huir a través del bosque hacia la ciudad, que estaba a unos tres kilómetros, dónde me las ingenié para ser encontrado justo cuando el espectáculo causado por el fuego estaba en su punto álgido. Con desconsolados gritos de congoja por la suerte que pudiera correr mis padres, me uní a la multitud y llegué con ellos al lugar del incendio dos horas después de haberlo desatado. La ciudad entera se encontraba presente cuándo llegué precipitadamente al lugar. La casa estaba totalmente destruida, pero en unos de los lados del lecho de ascuas encendidas, de pie y como nueva, ¡ allí estaba la estantería!
El fuego había consumido las cortinas, dejando a las vista las puertas de cristal, a través de las cuales la intensa luz encarnada iluminaba el interior. Allí estaba mi querido padre <<igualito a cuando vivía >> , y a su lado su compañera de tristezas y alegrías. No tenían ni un pelo chamuscado, y sus atuendos estaban incólumes. Las heridas que me había visto obligado a infligirles en la cabeza y garganta para la consecución de mis designios eran también perfectamente visibles. La gente permanecía en silencio como si estuvieran en la presencia de un milagro; el espanto y el terror les había dejado sin voz. Yo mismo me sentía profundamente afectado.
Aproximadamente tres años más tarde , cuando los eventos aquí relatados ya habían disipado casi de mi memoria , me acerqué a Nueva York para ayudar a sacar unos bonos falsos del estado . Cierto día, mientras miraba son demasiado interés una tienda de muebles , vi una replica exacta de la famosa estantería .
- La compré por muy poco dinero a un inventor que había abandonado el oficio - me explicó el vendedor -. Según él, es resistente al fuego porque los poros de la madera están rellenos de aluminio potásico a presión y el cristal está hecho de amianto. Dudo que esté hecha a prueba de fuego..., pero se la puedo dejar al precio de una estantería ordinaria.
- No- le dije . Si usted no puede garantizarme que resiste el fuego , no me interesa - y le di los buenos días .
No me la hubiese llevado a ningún precio; aquel mueble me traía a la memoria recuerdos sumamente desagradables.