sábado, 27 de junio de 2015

Carcasona de Lord Dunsany.

Carcasona de Lord Dunsany

El siguiente cuento escrito por las manos del ingles nos traslada a una narración fantástica la cual nos atrapa desde un inicio al describirnos el reino Arn, la forma en la cual se ve estructurado ese imperio y los guerreros que hay. En un momento los personajes escuchan de Carcasona y emprenden un viaje el cual un adivino les profetiza su destino final .  El decirles más sería venderles el cuento, por lo cual espero lo lean y les guste. 


Carcasona

En una carta de un amigo a quien nunca he visto, uno de los que leen mis libros, aparecía datada esta línea: «En cuanto a él, nunca vino a Carcasona.» Ignoro el origen de la línea, pero he hecho este cuentos obre ella.

Cuando Camorak reinaba en Arn, y el mundo era más hermoso, dio una fiesta a todo el Bosque para conmemorar el esplendor de su juventud. Dicen que su casa en Arn era inmensa y elevada, y su techo estaba pintado de azul; y cuando caía la tarde, los hombres se subían por escaleras y encendían los centenares de velas que colgaban de sutiles cadenas. Y dicen también que a veces venia una nube y se filtraba por lo alto de una de las ventanas circulares, y venia sobre el ángulo del edificio, como la bruma del mar viene sobre el borde agudo de un acantilado, donde un antiguo viento ha soplado siempre y siempre (ha arrastrado miles de hojas y miles de centurias; unas y otras son lo mismo para él; no debe vasallaje al Tiempo). Y la nube tomaba nueva forma en la alta bóveda de la sala, y avanzaba lentamente por ella, y salía de nuevo al cielo por otra ventana. Y según su forma, los caballeros, en la sala de Camorak, profetizaban las batallas y los sitios y la próxima temporada de guerra. Dicen de la sala de Camorak en Arn que no ha habido otra como ella en tierra alguna, y predicen que nunca la habrá.

Allí había venido el pueblo del Bosque desde majadas y selvas, revolviendo tardos pensamientos de comida y albergue y amor, y se sentaban maravillados en aquella famosa sala; en ella estaban también sentados los hombres de Arn, la ciudad que se agrupaba en torno a la alta casa del rey, y tenía todos los techos cubiertos con la tierra roja, maternal. Si puede prestarse fe a los viejos cantos, era una sala maravillosa.

Muchos de los que estaban allí sentados la habrían visto sólo desde lejos, una forma clara en el paisaje, algo menor que una montaña. Ahora contemplaban a lo largo del muro las armas de los hombres de Camorak, sobre las cuales habían ya hecho cantos los tañedores de laúd. En ellos describían el escudo de Camorak, que se había agitado en tantas batallas, y los filos agudos, pero mellados, de su espada; allí estaban las armas de Gadriol el Leal, y Norn, y Athoric, de la Espada de Granizo; Heriel el Salvaje, Yarold y Thanga de Esk; sus armas colgaban igualmente todo a lo largo de la sala, a una altura que un hombre pudiera alcanzarlas; y en el sitio de honor en el medio, entre las armas de Camorak y de Gadriol el Leal, colgaba el arpa de Arleón. Y de todas las armas que colgaban en aquellos muros, ningunas fueron más funestas a los enemigos de Camorak que lo fue el arpa de Arleón. Porque para un hombre que marcha a pie contra una plaza fuerte es agradable ciertamente el chirrido y el traqueteo de alguna temerosa máquina de guerra que sus compañeros de armas están manejando detrás, de la cual pasan suspirando sobre su cabeza pesadas rocas que van a caer entre los enemigos; y agradables son para un guerrero en el agitado combate las rápidas órdenes de su rey, y una alegría para él los vítores distantes de sus compañeros, súbitamente exaltados en una de las alternativas de la guerra. Todo esto y más era el arpa para los hombres de Camorak, porque no sólo excitaba a sus guerreros, sino que muchas veces Arleón del Arpa hubo de producir un espanto salvaje entre las huestes contrarias clamando súbitamente una profecía arrebatada, mientras sus manos recorrían las rugientes cuerdas. Además, nunca fue declarada guerra alguna hasta que Camorak y sus hombres hubiesen escuchado largamente el arpa y estuviesen exaltados con la música y locos contra la paz. Una vez, Arleón, con motivo de una rima, había movido guerra a Estabonn; y un mal rey fue derribado, y se ganó honor y gloria; por tan singulares motivos se acrecienta a veces el bien.

Por encima de los escudos y las arpas, todo alrededor de la sala, estaban las pintadas figuras de fabulosos héroes de cantos célebres. Demasiado triviales, porque demasiado sobrepujadas por los hombres de Camorak, parecían todas las victorias que la tierra había conocido; ni siquiera se había desplegado algún trofeo de las setenta batallas de Camorak, porque estas batallas nada eran para sus guerreros o para él en comparación con aquellas cosas que en su juventud habían soñado y que vigorosamente se proponían aún hacer.

Por encima de las pintadas figuras había la oscuridad, porque la tarde se iba cerrando y las velas que colgaban de las ligeras cadenas aún no estaban encendidas en el techo; era como si un pedazo de la noche hubiese sido incrustado en el edificio cual una enorme roca que asoma en una casa. Y allí estaban sentados todos los guerreros de Arn y el pueblo del Bosque admirándolos; y ninguno tenía más de treinta años, y todos fueron muertos en la guerra. Y Camorak estaba sentado a la cabeza de todos, exultante de juventud.

Tenemos que luchar con el tiempo durante unas siete décadas, y es un antagonista débil y flojo en las tres primeras partidas. Encontrábase presente en esta fiesta un adivino, uno que conocía las figuras del Hado y que se sentaba entre el pueblo del Bosque; y no tenía sitio de honor, porque Camorak y sus hombres no tenían miedo al Hado. Y cuando hubieron comido la carne y los huesos fueron echados a un lado, el rey se levantó de su asiento y, después de beber vino, en la gloria de su juventud y con todos sus caballeros en torno suyo, llamó al adivino, diciendo: «Profetiza».

Y el adivino se levantó, acariciando su barba gris, y habló cautelosamente. « Hay ciertos acontecimientos -dijo- sobre los caminos del Hado, que están velados aun ante los ojos de un adivino, y otros muchos tan claros para nosotros, que estarían mejor velados para todos; muchas cosas conozco yo que mejor es no predecirías, y algunas que no puedo predecir, so pena de centurias de castigo. Pero esto conozco y predigo: que nunca llegaréis a Carcasona.»

En seguida hubo un susurro de conversaciones que hablaban de Carcasona; algunos habían oído de ella en discursos o cantos; algunos habían leído cosas de ella, y algunos habían soñado con ella. Y el rey envió a Arleón del Arpa que descendiese del sitio que ocupaba a su derecha y se mezclase con el pueblo del Bosque y oyese lo que dijeran de Carcasona. Pero los guerreros hablaban de las plazas que habían ganado, mucha fortaleza bien defendida, mucha tierra lejana, y juraban que irían a Carcasona.

Y al cabo de un momento volvió Arleón a la derecha del rey, y levantó su arpa y cantó y habló de Carcasona. Muy lejos estaba, enormemente lejos, una ciudad de murallas brillantes que se elevaban las unas sobre las otras, y azoteas de mármol detrás de las murallas, y fuentes centelleantes sobre las azoteas. A Carcasona se habían retirado primero de los hombres los reyes de los elfos con sus hadas, y la habían construido en una tarde a finales de mayo, soplando en sus cuernos de elfos. ¡Carcasona! ¡ Carcasona!

Viajeros la habían visto algunas veces como un claro sueño, con el sol brillando sobre su ciudadela en la cima de una lejana montaña, y en seguida habían venido las nubes o una súbita niebla; ninguno la había visto largo rato ni se había aproximado a ella, aunque una vez hubo ciertos hombres que llegaron muy cerca, y el humo de las casas sopló sobre sus rostros, una ráfaga repentina no más, y éstos declararon que alguien estaba quemando madera de cedro allí.

Hombres habían soñado que allí hay una hechicera que anda solitaria por los fríos patios y corredores de palacios marmóreos, terriblemente bella a pesar de sus ochenta centurias, cantando el segundo canto más antiguo que le fue enseñado por el mar, vertiendo lágrimas de soledad por ojos que enloquecerían a ejércitos, y que, sin embargo, no llamaría junto a sí a sus dragones; Carcasona está terriblemente guardada. Algunas veces nada en un baño de mármol, por cuyas profundidades rueda un río, o permanece toda la mañana al borde secándose lentamente al sol, y contempla cómo el agitado río turba las profundidades del baño. Este río brota al través de las cavernas de la tierra más lejos de lo que ella conoce, sale a la luz en el baño de la hechicera y vuelve a penetrar por la tierra para encaminarse a su propio mar particular.

En otoño desciende a veces crecido y ceñudo con la nieve que la primavera ha derretido en montañas inimaginadas, o pasan bellamente arbustos con flores marchitas de montaña.

Cuando ella canta, las fuentes se alzan danzando de la oscura tierra; cuando se peina sus cabellos, dicen que hay tempestades en el mar; cuando está enojada, los lobos se ponen bravos y todos descienden a sus cubiles; cuando está triste, el mar está triste, y ambos están tristes eternamente. ¡Carcasona! ¡Carcasona!

Esta ciudad es la más bella de las maravillas de la mañana; el sol rompe en alaridos cuando la contempla; por Carcasona, la tarde llora cuando la tarde muere.

Y Arleón dijo cuántos peligros divinos había en derredor de la ciudad, y cómo el camino era desconocido, y que era una aventura caballeresca. Entonces, todos los caballeros se levantaron y cantaron el esplendor de la aventura. Y Camorak juró por los dioses que habían construido a Arn y por el honor de sus guerreros que, vivo o muerto, habría de llegar a Carcasona.

Pero el adivino se levantó y salió de la sala, quitándose las migajas con sus manos y alisándose el traje según marchaba.

Entonces, Camorak dijo: «Hay muchas cosas que planear, y consejos que tomar, y provisiones que reunir. ¿Qué día partiremos?» Y todos los guerreros respondieron gritando: «Ahora.» Y Camorak sonrió, porque sólo había querido probarlos. De los muros tomaron entonces sus armas Sikorix, Kelleron, Aslof, Wole, el del Hacha; Huhenoth, el Quebrantador de la Paz; Wolwuf, Padre de la Guerra; Tarión, Lurth, el del Grito de Guerra, y otros muchos. Poco se imaginaban las arañas que estaban sentadas en aquella sala ruidosa el solaz ininterrumpido que iban pronto a disfrutar.

Cuando se hubieron armado, se formaron todos y salieron de la sala, y Arleón iba delante de ellos a caballo cantando a Carcasona. Pero el pueblo del Bosque levantóse y volvió bien alimentado a sus establos. Ellos no tenían necesidad de guerras o de raros peligros. Ellos estaban siempre en guerra con el hambre. Una larga sequía o un invierno duro eran para ellos batallas campales; si los lobos entraban en un redil, era como la pérdida de una fortaleza; una tormenta en la época de la siega era como una emboscada. Bien alimentados, volvieron lentamente a sus establos, en tregua con el hambre; y la noche se llenó de estrellas.

Y negros sobre el cielo estrellado aparecían los redondos yelmos de los guerreros según pasaban las cimas de los montes, pero en los valles centelleaban aquí y allí, según la luz estelar caía sobre el acero. Seguían detrás de Arleón, que marchaba hacia el Sur, de donde siempre habían venido rumores de Carcasona; así marchaban a la luz de las estrellas, y él delante de todos cantando. Cuando hubieron marchado tan lejos que no oían ningún ruido de Arn, y que hasta el sonido de sus volteantes campanas se había apagado; cuando las velas que ardían allá arriba en las torres no les enviaban ya su desconsolada despedida; en medio de la noche aplaciente que arrulla los rurales espacios, el cansancio vino sobre Arleón y su inspiración decayó. Decayó lentamente. Poco a poco fue estando menos seguro del camino a Carcasona. Unos momentos se detenía a pensar, y recordaba el camino de nuevo; pero su clara certeza había desaparecido, y en su lugar ocupaban su mente esfuerzos por recordar viejas profecías y cantos de pastores que hablaban de la maravillosa ciudad. Entonces, cuando se decía a sí mismo cuidadosamente un canto que un vagabundo había aprendido del muchacho de un cabrero, allá lejos, sobre los bajos declives de extremas montañas meridionales, la fatiga cayó sobre su mente trabajada como nieve sobre los caminos sinuosos de una ciudad ruidosa, enmudeciéndolo todo.

Estaba en pie y los guerreros se agolpaban junto a él. Durante largo tiempo habían pasado a lo largo de grandes encinas que se alzaban solitarias aquí y allí, como gigantes que respiran en enormes alientos el aire de la noche antes de realizar algún hecho terrible; ahora habían llegado a los linderos de un bosque negro; los troncos se erguían como grandes columnas en una sala egipcia, de la cual Dios recibía, según manera antigua, las plegarias de los hombres; la cima de este bosque cortaba el camino de un antiguo viento.

Aquí se pararon todos y encendieron un fuego de ramas sacando chispas del pedernal sobre un montón de helecho. Despojáronse de sus armaduras y sentáronse en torno del fuego, y Camorak se levantó allí y se dirigió a ellos, y Camorak dijo: «Vamos a guerrear contra el Hado, cuya sentencia es que yo no he de llegar a Carcasona. Y si descaminamos una sola de las sentencias del Hado, entonces todo el futuro del mundo es nuestro, y el futuro que el Hado ha dispuesto es como el cauce seco de un río desviado. Pero si hombres como nosotros, si tan resueltos conquistadores no pueden prevenir una sentencia que el Hado ha decidido, entonces la raza de los hombres estará por siempre sujeta a hacer como esclava la mezquina tarea que se le ha señalado. »

Entonces, todos ellos desenvainaron sus espadas y las blandieron en alto en el resplandor de la hoguera, y declararon guerra al Hado.
Nada en el bosque sombrío se movía y ningún ruido se escuchaba.
Hombres cansados no sueñan de guerra. Cuando la mañana vino sobre los campos centelleantes, un grupo de gentes que habían salido de Arn descubrieron el campamento de los guerreros y trajeron tiendas y provisiones. Y los guerreros tuvieron un festín, y los pájaros cantaban en el bosque, y se despertó la inspiración de Arleón.

Entonces se levantaron y, siguiendo a Arleón, entraron en el bosque y marcharon hacia el Sur. Y más de una mujer de Arn les envió sus pensamientos cuando tocaban algún viejo aire monótono; pero sus propios pensamientos iban muy lejos delante de ellos, deslizándose sobre el baño al través de cuyas profundidades corre el río en Carcasona, ciudad de mármol.

Cuando las mariposas danzaban en el aire y el sol se aproximaba al cenit, fueron levantadas las tiendas, y todos los guerreros descansaron; y de nuevo tuvieron festín, y ya avanzada la tarde, continuaron marchando una vez más, cantando a Carcasona.
Y la noche bajó con su misterio sobre el bosque, y dio de nuevo su aspecto demoníaco a los árboles, y sacó de profundidades nebulosas una luna enorme y amarilla. Y los hombres de Arn encendieron hogueras, y súbitas sombras surgieron y se alejaron saltando fantásticamente. Y sopló el viento de la noche, levantándose como un aparecido; y pasaba entre los troncos, y se deslizaba por los claros de luz cambiante, y despertaba a las fieras que aún soñaban con el día, y arrastraba pájaros nocturnos al campo para amenazar a las gentes timoratas, y golpeaba las rosas contra las ventanas de los aldeanos, y murmuraba noticias de la noche amiga, y transportaba a los oídos de los hombres errantes el eco del cantar de una doncella, y daba un encanto misterioso al sonido del laúd tocado en la soledad de unas distantes colinas; y los ojos profundos de las polillas lucían como las lámparas de un galeón, y extendían sus alas y bogaban por su mar familiar. Sobre este viento de la noche también los sueños de los hombres de Camorak iban flotando hacia Carcasona.

Toda la mañana siguiente marcharon y toda la tarde, y conocieron que se iban acercando ahora a las profundidades del bosque. Y los ciudadanos de Arn se apretaron entre si y detrás de los guerreros. Porque las profundidades del bosque eran todas desconocidas de los viajeros, pero no desconocidas para los cuentos de espanto que los hombres dicen por la tarde a sus amigos en el bienestar seguro de sus hogares. Entonces apareció la noche y una luna desmesurada. Y los hombres de Camorak durmieron.

Algunas veces se despertaban y se volvían a dormir; y aquellos que permanecían despiertos largo tiempo y se ponían a escuchar, oían los pasos de pesadas criaturas bípedas marchando lentamente al través de la noche sobre sus patas.
Tan pronto como hubo luz, los hombres sin armas de Arn principiaron a escurrirse y se volvieron en bandas al través del bosque. Cuando vino la oscuridad, no se detuvieron para dormir, sino que continuaron huyendo todo derecho hasta que llegaron a Arn, y con los cuentos que allí dijeron aumentaron aún el terror de la selva.

Pero los guerreros tuvieron un festín, y después Arleón se levantó y tocó su arpa, y los condujo otra vez; y unos pocos fieles servidores permanecieron con ellos aún. Y marcharon todo el día al través de una oscuridad que era tan vieja como la noche. Pero la inspiración de Arleón ardía en su mente como una estrella. Y los condujo hasta que los pájaros comenzaron a posarse en las cimas y anochecía, y todos ellos acamparon. Tenían ahora sólo una tienda que les habían dejado, y junto a ella encendieron una hoguera, y Camorak puso un centinela con la espada desnuda, justamente detrás del resplandor del fuego. Algunos de los guerreros dormían en el pabellón, y otros alrededor de él. Cuando vino la aurora, algo terrible había matado al centinela y se lo había comido. Pero el esplendor de los rumores de Carcasona, y el decreto del Hado, que nunca llegarían a ella, y la inspiración de Arleón y su arpa, todo incitaba a los guerreros; y marcharon todo el día más y más adentro en la selva.

Una vez vieron un dragón que había cogido un oso y estaba jugando con él, dejándole correr un corto trecho y alcanzándolo con una zarpa.
Por fin vinieron a un claro en la selva a punto de anochecer. Un perfume de flores ascendía de él como una niebla, y cada gota de rocío interpretaba el cielo en sí misma. Era la hora en que el crepúsculo besa a la Tierra.

Era la hora en que viene una significación a las cosas sin sentido, y los árboles superan en majestad la pompa de los monarcas, y las tímidas criaturas salen a hurtadillas en busca del alimento, y los animales de rapiña sueñan aún inocentemente, y la Tierra exhala un suspiro, y es de noche.
En medio del vasto claro, los guerreros de Camorak acamparon, y se alegraron viendo aparecer de nuevo las estrellas, una tras otra.

Esta noche comieron las últimas provisiones y durmieron sin que los molestasen las alimañas rapaces que pueblan la oscuridad de la selva. Al día siguiente, algunos de los guerreros cazaron ciervos, y otros permanecieron en los juncos de un lago vecino y dispararon flechas contra las aves acuáticas. Mataron un ciervo, y algunos gansos, y varias cercetas.
Aquí continuaron los aventureros respirando el aire salvaje que las ciudades no conocen; durante el día cazaban, y encendían hogueras por la noche, y cantaban y tenían festines, y se olvidaban de Carcasona. Los terribles habitantes de las tinieblas nunca los molestaban; la carne de venado era abundante, y toda clase de aves acuáticas; gustaban de la caza por el día, y por la noche de sus cantos favoritos. Así fueron pasando un día y otro, y así una y otra semana. El tiempo arrojó sobre este campamento un puñado de mediodías, las lunas de oro y plata que van consumiendo el año; el Otoño y el Invierno pasaron, y la Primavera apareció; los guerreros continuaban allí en sus cacerías y sus banquetes.

Una noche de primavera se hallaban en un banquete alrededor del fuego, y contaban cuentos de caza; y las blandas polillas salían de la oscuridad y paseaban sus colores por la luz del fuego, y volvían grises a la oscuridad otra vez; y el viento de la noche era frío sobre los cuellos de los guerreros, y la hoguera del campamento era cálida en sus rostros, y un silencio se había establecido entre ellos después de algún canto; y Arleón se alzó repentinamente, acordándose de Carcasona. Y su mano se deslizó sobre las cuerdas del arpa, despertando las más profundas, como el ruido de gentes ágiles que están danzando sobre el bronce; y la música se iba a perder entre el propio silencio de la noche, y la voz de Arleón se levantó:

«Cuando hay sangre en el baño, ella conoce que hay guerra en las montañas y anhela oír el grito de combate que lanzan hombres de sangre real.»
Y súbitamente todos gritaron: «¡Carcasona!» Y con esta palabra su pereza desapareció como desaparece un sueño de un soñador despertado por un grito. Y pronto principió la gran marcha que ya no tuvo vacilaciones ni titubeos.

Llegaron a convertirse en un proverbio de la marcha errante, y nació una leyenda de hombres extraños, desconsolados. Las gentes hablaban de ellos a la caída de la noche, cuando el fuego ardía vivamente y la lluvia caía de los aleros. Y cuando el viento era fuerte, los niños pequeños creían llenos de miedo que los Hombres que Nunca Descansarían pasaban haciendo ruido. Se referían cuentos extraños de hombres en vieja armadura gris que avanzaban por las cimas de los collados y que jamás pedían albergue; y las madres decían a sus hijos, impacientes de permanecer en casa, que los grises errabundos habían sentido en otro tiempo la misma impaciencia, y ahora no tenían esperanza de descanso y eran arrastrados con la lluvia cuando el viento se enfurecía. Pero los errabundos se sentían excitados en sus marchas continuas por la esperanza de llegar a Carcasona, y más tarde por la cólera contra el Hado, y últimamente continuaban marchando porque parecía mejor continuar marchando que pensar.

Y un día llegaron a una región montuosa, con una leyenda en ella que sólo tres valles más allá se podía ver, en días claros, Carcasona. Aunque estaban cansados y eran pocos, y se hallaban gastados por los años, que todos les habían traído guerras, lanzáronse al instante, conducidos siempre por la inspiración de Arleón, ya decaído por la edad, aunque seguía tocando música con su vieja arpa.

Todo el día fueron descendiendo al primer valle, y durante dos días subieron, y llegaron a la Ciudad Que No Puede Ser Tomada En Guerra, debajo de la cima de la montaña, y sus puertas fueron cerradas contra ellos, y no había camino alrededor. A derecha e izquierda había precipicios escarpados en todo lo que alcanzaba la vista o decía la leyenda, y el paso se hallaba al través de la ciudad. Por esto Camorak formó a los guerreros que le quedaban en línea de batalla para sostener su última guerra, y avanzaron sobre los huesos calcinados de antiguos ejércitos sin enterrar.

Ningún centinela los desafió en la puerta; ninguna flecha voló de torre alguna de guerra. Un ciudadano trepó solo a la cumbre de la montaña, y los demás se escondieron en lugares abrigados. Porque en la cumbre de la montaña, abierta en la roca, había una profunda caverna en forma de taza, y en esa caverna ardían suavemente hogueras. Pero si alguien arrojaba un guijarro a las hogueras, como uno de estos ciudadanos tenía costumbre de hacer cuando los enemigos se acercaban, la montaña lanzaba rocas intermitentes durante tres días, y las rocas caían llameantes sobre toda la ciudad y todos sus alrededores. Y precisamente cuando los hombres de Camorak principiaron a golpear la puerta para derribarla, oyeron un estallido en la montaña, y una gran roca cayó detrás de ellos y se precipitó rodando al valle. Las dos siguientes cayeron frente a ellos sobre los techos de hierro de la ciudad. Justamente cuando entraban en la ciudad, una roca los encontró apiñados en una calle estrecha y aplastó a dos de ellos. La montaña humeaba y parecía palpitar; a cada palpitación, una roca se hundía en las calles o botaba sobre los pesados techos de hierro, y el humo subía lentamente, lentamente.

Cuando al través de las largas calles desiertas de la ciudad llegaron a la puerta cerrada del fin, sólo cincuenta quedaban. Cuando hubieron conseguido derribar la puerta, no había más que diez vivos. Otros tres fueron muertos cuando iban subiendo la cuesta, y dos cuando pasaban cerca de la terrible caverna. El Hado permitió que el resto avanzase algún trecho bajando la montaña por el otro lado, y entonces les tomó tres de ellos. Sólo Camorak y Arleón habían quedado vivos. Y la noche descendió sobre el valle al cual habían venido, y estaba iluminada por los resplandores de la fatal montaña; y los dos hicieron duelo de sus camaradas durante toda la noche.

Pero cuando vino la mañana se acordaron de su guerra contra el Hado y su vieja resolución de llegar a Carcasona, y la voz de Arleón se alzó en un canto vibrante, y arrancó música de su vieja arpa, y se puso en pie, y marchó rostro al Sur como había hecho años y años, y detrás de él iba Camorak. Y cuando al fin subieron desde el último valle y se pararon sobre la cima del collado en la luz dorada de la tarde, sus ojos envejecidos vieron sólo millas de selva y los pájaros que se retiraban a sus nidos.

Sus barbas estaban blancas, y habían viajado muy lejos y con muchos trabajos; les había llegado el tiempo en que un hombre descansa de sus trabajos y sueña, durmiendo ligeramente, con los años que fueron y no con los que serán.
Largo tiempo miraron hacia el Sur; y el sol se puso sobre los remotos bosques, y las luciérnagas encendieron sus lámparas, y la inspiración de Arleón se alzó y huyó para siempre, para alegrar, acaso, los sueños de hombres más jóvenes.
Y Arleón dijo: «Mi rey, no conozco ya el camino de Carcasona. »
Y Camorak sonrió como sonríen los ancianos, con poco motivo de alegría, y dijo:
«Los años van pasando por nosotros como grandes pájaros ahuyentados de alguna antigua ciénaga gris por la fatalidad, el Destino y los designios de Dios. Y puede muy bien ser que contra éstos no haya guerrero que sirva, y que el Hado nos haya vencido, y que nuestro afán haya fracasado.»
Y después de esto se quedaron silenciosos.
Entonces desenvainaron sus espadas, y uno junto al otro, bajaron a la selva, buscando aún a Carcasona.

Yo imagino que no fueron muy lejos, porque había mortales pantanos en aquel bosque, y tinieblas más tenaces que las noches, y bestias terribles acostumbradas a sus caminos. Ni hay allí leyenda alguna, ni en verso ni entre los cantos del pueblo de las campiñas, de que alguno hubiese llegado a Carcasona.



jueves, 25 de junio de 2015

NOVELA Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco

Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco

Al leer la novela de José Emilio, me transporté a un México que existió entre los años cuarenta y cincuenta. La trama principal de la novela es la vida de un adolescente el cual se enamora de mujer de mayor edad a la de él. Lo que les rodea es ( en mi opinión) lo que le da esa magia al texto, un país el cual se empieza a ver afectado por la importación de productos del extranjero, la inocencia de un adolescente de esa época, los medios de comunicación ; en fin , la novela nos da pinceladas de esa magia del México que ha muerto. Espero puedan adquirir la novela en libros de viejo y conservarla por largo tiempo.


sábado, 20 de junio de 2015

Cuentos breves y extraordinarios . Antología de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

Cuentos breves y extraordinarios . Antología de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares 

En la siguiente antología realizada por Borges y Bioy Casares encontré estos textos fabulosos. Los temas son variados pero no así el efecto con el cual impactan al lector.

EL CIERVO ESCONDIDO

Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar el ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:
-Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.
-Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe ser verdadero -dijo la mujer.
-Aun suponiendo que encontré el ciervo por un sueño -contestó el marido- ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?
Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró el ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:
-Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró el ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo que otro había matado. Luego, nadie mató al ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.
El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:
-¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Liehtse (c. 300 a. C.)]

EL ENCUENTRO

Ch'ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y bien parecido. Se habían criado juntos, y como el señor Chang Yi quería mucho al joven, dijo que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como ella era hija única y siempre estaban juntos, el amor creció día a día. 
Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre era el único en no advertirlo. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija. El padre, descuidando u olvidando su antigua promesa, consintió. 
Ch'ienniang, desgarrada por el amor y por la piedad filial, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que resolvió irse del país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y comunicó a su tío que tenía que irse a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero y regalos y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, no cesó de cavilar durante la fiesta y se dijo que era mejor partir y no perseverar en un amor sin ninguna esperanza. 
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas pocas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran. No pudo conciliar el sueño y hacia la media noehe oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó: 
-- ¿Quién anda a estas horas de la noche? 
-- Soy yo, soy Ch'ienniang,-fue la respuesta. Sorprendido y feliz, la hizo entrar en la embarcación. Ella le dijo que había esperado ser su mujer, que su padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También había temido que Wang Chu, solitario y en tierras desconocidas, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la reprobación de la gente y la cólera de los padres y había venido para seguirlo adonde fuera. 
Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen. 
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaron noticias de la familia y Ch'ienniang pensaba diariamente en su padre. Esta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no y una noche le confesó a Wang Chu su congoja; como era hija única se sentía culpable de una grave impiedad filial. 

—Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo —respondió él—. Cinco años han pasado y ya no estarán enojados con nosotros. Volvamos a casa—. Ch'ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños. 

Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch'ienniang: 
-— No sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo —. Al avistar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo: 
-— ¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch'ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez. 
—- No estoy mintiendo —dijo Wang Chu—. Está bien y nos espera a bordo. 
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch'ienniang. A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres. Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi. 

Entre tanto, la enferma había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch'ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios. 

Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch'ienniang vivieron juntos y felices. 
(Cuento de la dinastía Tang, 618—906 a.C.)

LA SOMBRA DE LAS JUGADAS

En uno de los cuentos que integran la serie de lo Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: 
-Tu ejército huye, has perdido el reino.

Edwin Morgan, The Week-End Companions to Wales and Cornwall (Chester,1929)

CUENTO

El rey ordenó: (Te condeno a morir, pero a morir como Xios y no como Tú) que Xios fuera llevado a un país enteramente distinto. Cambiado su nombre, artísticamente mutilados sus rasgos. La gente del país obligada a crearle un pasado, una familia, talentos muy diversos de los suyos.
Si recordaba algo de su vida anterior, lo rebatían, le decían que estaba loco, etcétera...
Le habían preparado una familia, mujer e hijos que se daban por suyos.
En fin, todo le decía que era el que no era.

Paul Valery 
(Histoires brisées, 1950)
LA PROTECCIÓN DEL LIBRO

El literato Wu, de Ch'iang Ling, había insultado al mago Chang Ch'i Shen. Seguro de que éste procuraría vengarse, Wu pasó la noche levantado, leyendo, a la luz de la lámpara, el sagrado Libro de las transformaciones. De pronto se oyó un golpe de viento que rodeaba la casa, y apareció en la puerta un guerrero que lo amenazó con su lanza. Wu lo derribó con el libro. Al inclinarse para mirarlo, vio que no era más que una figura, recortada en papel. La guardó entre las hojas. Poco después entraron dos pequeños espíritus malignos, de cara negra y blandiendo hachas. También éstos, cuando Wu los derribó con el libro, resultaron ser figuras de papel. Wu las guardó como a la primera. A media noche, una mujer, llorando y gimiendo, llamó a la puerta.
-Soy la mujer de Chang -declaró-. Mi marido y mis hijos vinieron a atacarlo y usted los ha encerrado en su libro. Le suplico que los ponga en libertad.
-Ni sus hijos ni su marido están en mi libro -contestó Wu-. Sólo tengo estas figuras de papel.
-Sus almas están en esas figuras -dijo la mujer-. Si a la madrugada no han vuelto, sus cuerpos, que yacen en casa, no podrán revivir.
-¡Malditos magos! -gritó Wu-. ¿Qué merced pueden esperar? No pienso ponerlos en libertad. De lástima, le devolveré uno de sus hijos, pero no pida más.
Le dio una de las figuras de cara negra.
Al otro día supo que el mago y su hijo mayor habían muerto esa noche.

G. Willoughby-Meade, Chinese Ghouls and Goblings (1928) 


sábado, 6 de junio de 2015

LA MITOLOGÍA EN FRANZ KAFKA

LA MITOLOGÍA EN FRANZ KAFKA 

buscando en los adentros del libro de Franz Kafka " La muralla china" encontré varios cuentos, sin embargo , por fortuna, hallé cuentos relacionados con la mitología griega. El primer cuento nos menciona a un Ulises ( Odiseo) con hazañas falsas, pero al mismo tiempo, Kafka, nos recuerda como el silencio de las sirenas es mas fuerte y hermoso que el mismo canto que cautiva a los marinos. El siguiente relato de nombre " Pormeteo" nos habla de ese Titán y cuatro historias diferentes sobre el mito y el castigo que en él recaen..En el último relato,  nos encontramos a un Poseidón ocupado por contar las tareas  del océano; el dios del mar se humaniza. 

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.



PROMETEO

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.
Según la primera, lo amarraron al Caucazo por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.

De acuerdo con la segunda, Prometeo,
deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores,
se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.

Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos.
 Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.

Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda.
Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.

Solo permaneció el inexplicable peñasco.

La leyenda pretende descifrar lo indescifrable.

Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.



POSEIDÓN

Poseidón estaba sentado ante su escritorio, haciendo cuentas. La administración de todas las aguas le daba enorme trabajo.
Podría haber tenido auxiliares, todos los que quisiera (y los tenía en gran número), pero desde que tomó su trabajo con la mayor seriedad, terminó revisando todos los números y cálculos por sí mismo, y en esta tarea sus auxiliares constituían una muy pobre ayuda.
No se podría decir que su trabajo le gustara; lo hacía sólo porque le había sido asignado: ya había pedido un cambio, un trabajo más movido, pero cada vez que le habían ofrecido uno diferente se convenció de que, en realidad, lo mejor para él era su situación actual. Además, resultaba bastante difícil encontrar un trabajo distinto para Poseidón. No era posible asignarlo a un mar particular; dejando de lado el hecho de que en ese caso su trabajo sólo disminuiría en cantidad, el gran Poseidón sólo podría, en esa situación, ocupar un cargo jerárquico. Y cuando se le ofrecía un trabajo lejos del agua, la sola idea lo enfermaba, su divina respiración se alteraba, y su pecho de bronce comenzaba a palpitar.
Por lo demás, sus quejas no eran verdaderamente tomadas en serio; cuando uno de los poderosos se pone fastidioso, lo corriente es hacer esfuerzos aparentes para tranquilizarlo. En realidad era imposible imaginar un cambio de destino para Poseidón: había sido asignado Dios del Mar desde el comienzo y en ese puesto tenía que seguir.
Lo que más lo exasperaba (y era el motivo principal de su insatisfacción por el trabajo) era conocer las ideas que se tenían de él: como si siempre estuviera surcando las ondas con su tridente, cuando en realidad permanecía sentado allí, en las profundidades, haciendo cuentas interminablemente, rompiendo de vez en cuando esa melancolía con alguna visita a Júpiter; visita, por lo demás, de la que generalmente regresaba enfurecido. De modo que casi no había visto el mar; sólo lo había contemplado fugazmente en alguno de sus apurados ascensos al Olimpo y jamás había viajado recorriéndolo. Solía decir que lo que él aguardaba era el fin del mundo, cuando, probablemente se le concedería un momento de tranquilidad durante el cual, justo antes del fin, y después de haber controlado la última hilera de números, le sería imposible hacer un rápido viajecito.
Poseidón terminó por aburrirse de su mar. Dejó caer el tridente. Se sentó en silencio en la costa rocosa.

Una gaviota, amedrentada por su presencia, volaba en círculos alrededor de su cabeza.


sábado, 30 de mayo de 2015

"El alimento del artista" de Enrique Serna

EL ALIMENTO DEL ARTISTA de Enrique Serna

Después de varios mese en los cuales he estado muy ocupado (por situaciones laborales y académicas ) con otras lecturas las cuales no son literarias, regreso felizmente a la lectura literaria pero sobre todo a la lectura del cuento.

El cuento que a continuación les recomiendo es del mexicano Enrique Serna. El texto es narrado por una cabaretera , y lo que ha de contar es como anteriormente era una famosa mujer de la vida nocturna hasta llegar a un punto más triste , el cual , por razones obvias, no les contaré. Aunque el final es muy predecible , la historia no deja de ser buena. Espero se entretenga un momento con la lectura ,y puede que hasta una sonrisa les provoque.

EL ALIMENTO DEL ARTISTA

Dirá usted que de dónde tanta confiancita, que de cuál fumó esta cigarrera tan vieja y tan habladora, pero es que le quería pedir algo un poco especial, cómo le diré, un favor extraño, y como no me gustan los malentendidos prefiero empezar desde el principio ¿no?, ponerlo en antecedentes. Usted tiene cara de buena persona, por eso me animé a molestarlo, no crea que a cualquiera le cuento mi vida, sólo a gentes con educación, con experiencia, que se vea que entienden las cosas del sentimiento.
Le decía pues que recién llegada de Pinotepa trabajé aquí en El Sarape, de esto hará veintitantos años, cuando el cabaret era otra cosa. Teníamos un show de calidad, ensayábamos nuestras coreografías, no como ahora que las chicas salen a desnudarse como Dios les da a entender. Mire, no es por agraviar a las jóvenes pero antes había más respeto al público, más cariño por la profesión. Claro que también la clientela era diferente, venían turistas de todo el mundo, suizos, franceses, ingleses, así daba gusto salir a la pista. Yo entiendo a las muchachas de ahora, no crea. ¿Para qué le van a dar margaritas a los puercos? Los de Acapulco todavía se comportan, pero llega cada chilango que dan ganas de sacarlo a patadas, oiga, nomás vienen a la zona a molestar a las artistas, a gritarles de chingaderas, y lo peor es que a la mera hora no se van con ninguna, yo francamente no sé a qué vienen.
Pues bueno, aquí donde me ve tenía un cuerpazo. Empecé haciendo un número afroantillano, ya sabe, menear las caderas y revolcarme en el suelo como lagartija, zangoloteándome toda, un poco al estilo de Tongolele pero más salvaje. Tenía mucho éxito, no es por nada pero merecía cerrar la variedad, yo me daba cuenta porque los hombres veían mi show en silencio, atarantados de calentura, en cambio a Berenice, la dizque estrella del espectáculo, cada vez que se quitaba una prenda le gritaban mamacita, bizcocho, te pongo casa, o sea que los ponía nerviosos por falta de recursos, y es que la pobre no sabía moverse, muy blanca de su piel y muy platinada pero de arte, cero.
Fue por envidia suya que me obligaron a cambiar el número. No aguantó que yo le hiciera sombra. Según don Sabás, un gordo que administraba el cabaret pero no era el dueño, el dueño era el amante de Berenice, por algo sé de dónde vino la intriga, según ese pinche barrigón, que en paz descanse, mi número no gustaba. ¡Hágame usted el favor! Para qué le cuento cómo me sentí. Estaba negra. Eso te sacas por profesional, pensé, por tener alma de artista y no alma de puta. Ganas no me faltaron de gritarle su precio a Sabás y a todo el mundo, pero encendí un cigarro y dije cálmate, no hagas un escándalo que te cierre las puertas del medio, primero escucha lo que te propone el gordo y si no va contra tu dignidad, acéptalo.
Me propuso actuar de pareja con un bailarín, fingir que hacíamos el acto sexual en el escenario, ve que ahora ese show lo dan dondequiera pero entonces era novedad, él acababa de verlo en Tijuana y le parecía un tiro. La idea no me hizo mucha gracia, para qué le voy a mentir, era como bajar de la danza a la pornografía, pero me discipliné porque lo que más me importaba era darle una lección a la Berenice ¿no?, chigármela en su propio terreno, que viera que yo no sólo para las maromas servía. En los ensayos me pusieron de pareja a un bailarín muy guapo, Eleazar creo se llamaba, lo escogieron a propósito porque de todos los del Sarape era el menos afeminado, tenía espaldotas de lanchero, mostacho, cejas a la Pedro Armendáriz. Lástima de hombrón. El pobre no me daba el ancho, nunca nos compenetramos. Era demasiado frío, sentía que me agarraba con pinzas, como si me tuviera miedo, y yo necesitaba entrar un poco en papel para proyectar placer en el escenario ¿no? Bueno, pues gracias a Dios la noche del debut Eleazar no se presentó en el Sarape. El día anterior se fue con un gringo que le puso un pent-house en Los Angeles, el cabrón tenía matrimonio en puerta, por algo no se concentraba. Nos fuimos a enterar cuando ya era imposible cancelar el show, así que me mandaron a la guerra con un suplente, Gamaliel, que más o menos sabía cómo iba la cosa por haber visto los ensayos pero era una loca de lo más quebrada, toda una dama, se lo juro. Sabás le hacía la broma de aventarle unas llaves porque siempre se le caían, y para levantarlas se agachaba como si trajera falda, pasándose una mano por las nalgas, muy modosito él. Por suerte se me prendió el foco y pensé, bueno, en vez de hacer lo que tenías ensayado mejor improvisa, no te sometas al recio manejo del hombre ahora que ni hombre hay, haz como si el hombre fuera tú y la sedujeras a esta loca.
Santo remedio. Gamaliel empezó un poco destanteado, yo le restregaba los pechos en la cara y él haga de cuenta que se le venía el mundo encima, no hallaba de dónde agarrarme, pero apenas empecé a fajármelo despacito, maternalmente, apenas le di confianza y me puse a jugar con él como su amiga cariñosa, fui notando que se relajaba y hasta se divertía con el manoseo, tanto que a medio show él tomo la iniciativa y se puso a dizque penetrarme con mucho estilo, siguiendo con la pelvis la cadencia del mambo en sax mientras yo lo estimulaba con suaves movimientos de gata. Estaba Gamaliel metido entre mis piernas, yo le rascaba la espalda con las uñas de los pies y de pronto sentí que algo duro tocaba mi sexo como queriendo entrar a la fuerza. Vi a Gamaliel con otra cara, con cara de no reconocerse a sí mismo, y entonces la vanidad de mujer se me subió a la cabeza, me creí domadora de jotos o no sé qué y empecé a sentirme de veras lujuriosa, de veras lesbiana, mordí a Gamaliel en una oreja, le saqué sangre y si no se acaba la música por Dios que nos ponemos a darle de verdad enfrente de todo el mundo.
Nos ovacionaron como cinco minutos, lo recuerdo muy bien porque al salir la tercera vez a recibir los aplausos Gamaliel me jaló del brazo para meterme por la cortina y a tirones me llevó hasta mi camerino porque ya no se aguantaba las ganas. Tampoco yo, para ser sincera. Caímos en el sofá encima de mis trajes y ahí completamos lo que habíamos empezado en la pista pero esta vez llegando hasta el fin, desgarrándonos las mallas, oyendo todavía el aplauso que ahora parecía sonar dentro de nosotros como si toda la excitación del público se nos hubiera metido al cuerpo, como si nos corrieran aplausos por las venas.
Después Gamaliel estuvo sin hablarme no sé cuántos días, muerto de pena por el desfiguro. Hasta los meseros se habían dado cuenta de lo que hicimos y comenzaron a hacerle burla, no que te gustaba la coca cola hervida, chale, ya te salió lo bicicleto, lo molestaban tanto al pobre que yo le dije a Sabás oye, controla a tu gente, no quiero perder a mi pareja por culpa de estos mugrosos. En el escenario seguíamos acoplándonos de maravilla pero él ahora no se soltaba, tenía los ojos ausentes, la piel como entumida, guardaba las distancias para no pasarse de la raya y esa resistencia suya me alebrestaba el orgullo porque se lo confieso, Gamaliel me había gustado mucho en el camerino y a fuerzas quería llevármelo otra vez de trofeo pero qué esperanza, él seguía tan profesional, tan serio, tan en lo suyo que al cabo de un tiempo dije olvídalo, éste nada mas fue hombre de un día.
Cuál no sería mi sorpresa cuando a los dos meses o algo así de que habíamos debutado me lo encuentro a la salida del Sarape, ya de mañana, borracho y con una rosa de plástico en la mano, diciendo que me había esperado toda la noche porque ya no soportaba el martirio de quererme. Dicen que los artistas no se deben enamorar, pero yo al amor nunca le saqué la vuelta, quién sabe si por eso acabé tan jodida. Gamaliel se vino a vivir conmigo al cuarto que tenía en el hotel Oviedo. Aunque nos veíamos diario cada vez nos gustábamos más. Lo de hacer el amor después del show se nos hizo costumbre, a veces ni cerrábamos la puerta del camerino de tanta prisa. Y cuidado con oír aplausos en otra parte, yo no sé qué nos pasaba, con decirle que hasta viendo la televisión, cuando el locutor pedía un fuerte aplauso para Sonia López o Los Rufino, ya nomás con eso sentíamos hormigas en la carne. El amor iba muy bien pero al profesionalismo se lo llevó la trampa. Gamaliel resultó celoso. No le gustaba que fichara, me quería suya de tiempo completo. Para colmo se ofendía con los clientes que lo albureaban, y es que seguía siendo tan amanerado como antes y algunos borrachos le gritaban de cosas, que ese caldo no tiene chile, que las recojo a las dos, pinches culeros, apuesto que ni se les paraba, ninguno de ellos me hubiera cumplido como Gamaliel. Llegó el día en que no pudo con la rabia y se agarró a golpes con un pelirrojo de barbas que se lo traía de encargo. El pelirrojo era compadre del gobernador y amenazó con clausurar el Sarape. Sabás quiso correr a Gamaliel solo pero yo dije ni madres, hay que ser parejos, o nos quedamos juntos o nos largamos los dos.
Nos largamos los dos. En la zona de Acapulco ya no quisieron darnos trabajo, que por revoltosos. Fuimos a México y al poco rato de andar pidiendo chamba nos contrataron en El Club de los Artistas, que entonces era un sitio de catego. Por sugerencia del gerente modernizamos el show. Ahora nos llamábamos Adán y Eva y salíamos a escena con hojas de parra. El acompañamiento era bien acá. Empezaba con acordes de arpa, o sea, música del amor puro, inocente, pero cuando Gamaliel mordía la manzana que yo le daba se nos metía el demonio a los dos con el requintazo de Santana. Ganábamos buenos centavos porque aparte del sueldo nos pagaban por actuar en orgías de políticos. Se creían muy depravados pero daban risa. Mire, a mí esos tipos que se calientan a costa del sudor ajeno más bien me dan compasión, haga de cuenta que les daba limosna, sobras de mi placer. En cambio a Gamaliel no le gustaba que anduviéramos en el deprave. Ahora le había entrado el remordimiento, se ponía chípil por cualquier cosa. Es que no tenemos intimidad, me decía, estoy harto de que nos vean esos pendejos, a poco les gustaría que yo los viera con sus esposas.
Aprovechando que teníamos nuestros buenos ahorros decidimos retirarnos de la farándula. Gamaliel entró a trabajar de manicurista en una peluquería, yo cuidaba el departamento que teníamos en la Doctores y empezamos a hacer la vida normal de una pareja decente, comer en casa, ir al cine, acostarse temprano, domingos en La Marquesa, o sea, una vida triste y desgraciada. Triste y desgraciada porque al fin y al cabo la carne manda y ahora Gamaliel se había quedado impotente, me hacía el amor una vez cada mil años, malhumorado, como a la fuerza ¿y sabe por qué? Porque le faltaba público, extrañaba el aplauso que es el alimento del artista. Será por la famosa intuición femenina pero yo enseguida me di cuenta de lo que nos pasaba, en cambio Gamaliel no quería reconocerlo, él decía que ni loco de volver a subirse a un escenario, que de manicurista estaba muy a gusto, y pues yo a sufrir en la decencia como mujercita abnegada hasta que descubrí que Gamaliel había vuelto a su antigua querencia y andaba de resbaloso con los clientes de la peluquería.
Eso sí que no lo pude soportar. Le dije que o regresábamos al telón o cada quién jalaba por su lado. Se puso a echar espuma por la boca, nunca lo había visto tan furioso, empezó a morderse los puños, a gritarme que yo con qué derecho le quería gobernar la vida si a él las viejas ni le gustaban, pinches viejas. Pues entonces por qué me regalaste la rosa de plástico, le reclamé, por qué te fuiste a vivir conmigo, hijo de la chingada. Con eso lo ablandé. Poco a poco se le fue pasando el coraje, luego se soltó a chillar y acabó pidiéndome perdón de rodillas, como en las películas, jurando que nunca me dejaría, ni aunque termináramos en el último congal del infierno.
Como en la capital ya estábamos muy vistos fuimos a recorrer la zona petrolera, Coatzacualcos, Reynosa, Poza Rica, ve que por allá la gente se gasta el dinero bien y bonito. Los primeros años ganamos harta lana. El problema fue que Gamaliel empezó a meterle en serio a la bebida. Se le notaba lo borracho en el show, a veces no podía cargarme o se iba tambaleando contra las mesas. El público lógicamente protestaba y yo a la greña con los empresarios que me pedían cambiarlo por otro bailarín. Una vez en Tuxpan armamos el escándalo del siglo. Yo esa noche también traía mis copas y nunca supe bien qué pasó, de plano se nos olvidó la gente, creíamos que ya estábamos en el camerino cogiendo muy quitados de la pena cuando en eso se trepan a la pista unos tipos malencarados que me querían violar, yo también quiero, mamita, dame chance, gritaban con la cosa fuera. Tras ellos se dejó venir la policía dando macanazos, madres, a mí me tocó uno, mire la cicatriz aquí en la ceja, se armó una bronca de todos contra todos, no sé a quién le clavaron un picahielo y acabamos Adán y Eva en una cárcel que parecía gallinero, sepárenlos, decía el sargento, a esos dos no me los pongan juntos que son como perros en celo.
Ahí empezó nuestra decadencia. Los dueños de centros nocturnos son una mafia, todos se conocen y cuando hay un desmadre como ése luego luego se pasan la información. Ya en ningún lado nos querían contratar, nomás en esos jacalones de las ciudades perdidas que trabajan sin permiso. Además de peligroso era humillante actuar ahí, sobre todo después de haber triunfado en sitios de categoría. En piso de tierra nuestro show se acorrientaba y encima yo acababa llena de raspones. Intentamos otra vez el retiro pero no se pudo, el arte se lleva en la sangre y a esas alturas ya estábamos empantanados en el vicio de que nos aplaudieran. Cuando pedíamos trabajo se notaba que le teníamos demasiado amor a las candilejas, íbamos de a tiro como limosneros, dispuestos a aceptar sueldos de hambre, dos o tres mil pesos por noche, y eso de perder la dignidad es lo peor que le puede pasar a un artista. Luego agréguele que la mala vida nos había desfigurado los cuerpos. Andábamos por los cuarenta, Gamaliel había echado panza, yo no podía con la celulitis, un desastre, pues. De buena fe nos decían que por qué no cantábamos en vez de seguir culeando. Tenían razón, pero ni modo de confesarles que sin público nada de nada.
Para no hacer el cuento largo acabamos trabajando gratis. De exhibicionistas nadie nos bajaba. Por lástima, en algunas piqueras de mala suerte nos dejaban salir un rato al principio de la variedad, y eso cuando había poca gente. Nos ganábamos la vida vendiendo telas, joyas de fantasía, relojes que llevábamos de pueblo en pueblo. Así anduvimos no sé cuánto tiempo hasta que un día dijimos bueno, para qué trajinamos tanto si en Acapulco tenemos amigos, vámonos a vivir allá, y aquí nos tiene desde hace tres años, a Dios gracias con buena salud, trabajando para Berenice que ahora es la dueña del Sarape, mírela en la caja cómo cuenta sus millones la pinche vieja. Gamaliel es el señor que recoge los tacones a las vedettes, ¿ya lo vio?, el canoso de la cortina. Guapo ¿verdad? Tiene cincuenta y cuatro pero parece de cuarenta, o será que yo lo veo con ojos de amor. ¿A poco no es bonito querer así? No hace falta que me dé la razón, a leguas se ve que usted sí comprende, por eso le quería contar mi vida, para ver si es tan amable de hacerme un favorcito. Ahí en el pasillo, detrás de las cajas de refresco, tenemos nuestro cuarto Gamaliel y yo. Tenga, es todo lo que traigo, acéptemelo por caridad, ya sé que no es mucho pero tampoco le voy a pedir un sacrificio. Nomás que nos mire, y si se puede, aplauda.


miércoles, 15 de abril de 2015

Micro ficciones de fantasmas

La siguiente recopilación de cuentos los leí de El libro de la imaginación, antología realizada por Edmundo Valades , en la cual se encuentran gran cantidad de micro ficciones las cuales no dejan una pizca de mal gusto por la selección hecha. Recomiendo compren el libro, les gustará.



Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo; todos los otros seres han muerto. Golpean la puerta.

Thomas Bailey Aldrich




Sintió pasos en la noche y se incorporó con sobresalto .
- ¿ Eres tú, Cordelia? - dijo.
Y luego:
-¿ Eres tú? Responde.
- Sí , soy yo- le replicó ella desde el fondo del pasillo.
Entonces se durmió . Pero a la mañana siguiente habló con su mujer que se llama Clara - y con su sirvienta que se llamaba Eustolia.

Francisco Tario: Tapioca Inn




-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.


I. A. Ireland: Visitations 




Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
-Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
-Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?
-Yo sí -dijo el primero, y desapareció.




George Loring Frost : Memorabilidad 









"El Final" de Frederic Brown


El escritor norte americano de ciencia ficción se ha ganado a su público con narraciones extraordinarias que hacen reír, sino que sorprenden ante final inimaginables. 

El Final

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija–. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.
Apretando un botón mientras hablaba, dijo: —Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.
—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.
Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

Final El


sábado, 28 de marzo de 2015

"El dinosaurio" de Augusto Monterroso

"El dinosaurio" de Augusto Monterroso 

El siguiente cuento es una micro ficción de Monterroso, el cual es uno de los más famosos de los micro ficciones de la literatura, ya que en tan pocas palabras nos deja una duda al lector sobre cual es la realidad del personaje. Otro aspecto que se maneja es la gran brevedad y la posibilidad de crear un cuento en una extensión tan pequeña. Augusto Monterroso como algunos otros escritores lograron tan grandes obras en tan pocas palabras. 

EL DINOSAURIO 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.




"La mujer que no ... " de Jorge Ibargüengoitia

"La mujer que no ... " de Jorge Ibargüengoitia

La narración que a continuación mencionaré trata sobre sobre una posible ficción del gran sátiro de Ibargüengoitia ; narra la forma por la cual un hombre es conquistado por la forma de ser de la mujer mas seductora que ha conocido pero con la cual le es difícil mantener una relación. Lo mejor de ésta narrativa es lo graciosos que le ocurre con los personajes; espero les agrade la siguiente narración. 


Jorge Ibargüengoitia

La mujer que no
      Debo ser disctreto. No quiero comprometerla. La llamaré.. . En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya. junto con las de otras gentes y un pa­ñuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién. o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo... su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.
      Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y. con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza... hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.
      Después del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.
      Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha... fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.
      ¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!


      Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.
      Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.
      Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.


      Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.
      Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.
      Pasaba el tiempo.
      Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.
      Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en tíos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida...
      La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.
      Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.
      Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”
      Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.


      Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.
      Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos... Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.
      Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!” Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. Ale dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el sacro y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba. mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba riada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre elcouch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre cíe sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él... y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.


      Hubiera podido, quizá, tegresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente del siguiente o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de rni escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria), son más numerosas que las arenas del mar.


"Caronte" por Lod Dunsany

CARONTE POR LORD DUNSANY

El siguiente relato muestra la maestría de éste escritor en cuanto a sus temas cuentísticos, Además, su conocimiento en lo mitológico nos remonta a mitos y sucesos que el hombre podría conocer. Caronte , un ser poco conocido, toma una característica especial la cual nos hace revivir la creencia de un ser del mito griego. Espero les guste el siguiente cuento. 



CARONTE 

Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.
Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.
Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.
Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.
Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.
Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.
Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
-Soy el último -dijo.
Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.



miércoles, 4 de marzo de 2015

" La luz escomo el agua" de Gabriel García Márquez.

La luz escomo el agua" de Gabriel García Márquez. 

El siguiente cuento ( cómo es de esperar de este escritor) nos narra desde un punto del realismo-mágico, la historia de unos niños que decidieron nadar en la luz. El titulo dice todo ; la luz sehace agua . Dos niños son los protagonistas de este cuento. Espero les agrade. 
Una disculpa, no he tenido tiempo para publicar cuentos.

LA LUZ ES COMO EL AGUA


En Navidad los niños volvieron a pedir un botó de remos.
—De acuerdo —dijo el papá—, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
—No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
—Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretujados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
—El bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
—Felicitaciones —les dijo el papá—¿Y ahora qué?
—Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al eme. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la
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bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
—La luz es como el agua —le contesté—: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
—Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
—¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
—No —dijo la madre, asustada—. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia.
—Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella— pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones
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Doce cuentos peregrinos  
mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
—Es una prueba de madurez —dijo.
—Dios te oiga —dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando
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todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.